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Identikit de Adolf Eichmann, un asesino de masas

  • Periodista: Jesús Nicolás Fernandéz Garay
  • Publicada en: Clarín,

Un halo enigmático y paradojal envuelve a Adolf Eichmann desde su propia vida, y parece seguir acompañándolo a más de medio siglo de su muerte: cuanto más se investiga sobre él, menos seguro se está de quién fue. Ni siquiera Hitler o Goebbels, Göring o Himmler, Heydrich o Müller lograron que se derramara en sus nombres la tinta que mereció este oscuro personaje de oficina, tan aterradoramente normal. Lo cierto es que siempre hay algo incorrecto, incongruente, en la historia de Eichmann, y también en cualquier investigación que lo tenga como protagonista.

Aún hoy persiste un enorme disenso al momento de catalogarlo: un ser normal a quien el despotismo convirtió en asesino sin conciencia, un antisemita radical y fanático o un psicópata que halló en el régimen un camino para su sadismo. Tantas imágenes inconciliables tienen, empero, un par de hilos conductores: el primero es que Eichmann quería seguir con vida, odiaba el anonimato y ensayó una justificación para cada etapa de su vida; el segundo es que el nuevo Estado alemán, construido con los escombros del nazismo y en el marco de la Guerra Fría y el anticomunismo, temió afrontar el riesgo de sacarlo del exilio y juzgarlo en su territorio, lo que generó que se convirtiera en un peligroso factor político. Los archivos sobre él siguen aún encriptados en varios países. Pero las bases de la saga estaban echadas. Y, acaso sin saberlo, Hannah Arendt, con su explosivo Eichmann en Jerusalén. Estudio sobre la banalidad del mal abrió en 1963 un proceso de análisis y crítica que llevó el “caso Eichmann” a lo que es hoy: el “fenómeno Eichmann”.

Basados en documentos inéditos y archivos desclasificados, dos nuevos ensayos acaban de irrumpir en este siempre oscuro y esquivo escenario. Uno es Los expedientes Eichmann , obra de Gaby Weber, (Sudamericana) investigadora alemana doctorada en Berlín y autora de varias obras que vinculan al nazismo con la Argentina. Bettina Stangneth, por su lado, acaba de alumbrar, Adolf Eichmann. Historia de un asesino de masas (Edhasa), un exhaustivo y casi abrumador trabajo de documentación que pone al día todo lo que hasta hoy se sabe sobre él. Filósofa graduada con una tesis sobre Kant, también escribió sobre el antisemitismo en el siglo XVIII. Ambas estudiosas tienen a Hannah Arendt como referente ineludible, aunque con diversas valoraciones.

Arendt estuvo en el juicio como enviada especial del prestigioso semanario The New Yorker. Defendió su necesidad pero atacó su metodología, y fustigó el rol de la dirigencia judía durante el Holocausto, al colaborar en la confección de las listas de la muerte. Sostuvo que si un delito contra los judíos era un delito contra el género humano, solamente un tribunal internacional debía dictar sentencia; lo contrario era la justicia de los vencedores y convertía al reo en chivo expiatorio. Criticó a la defensa de Eichmann, que afirmaba que éste sólo había sido una “ruedecita” en la maquinaria de la Solución Final, y a la acusación, que creía haber hallado en el criminal al motor de aquella máquina. Dijo que en un juicio todas las ruedas de la máquina de la muerte, por insignificantes que fueran, se convertían en autores, o sea, en seres humanos, lo que no resolvía la profunda incongruencia de tener un único reo puesto a funcionario, ante la magnitud del exterminio. Era la banalidad del mal, fundado en la obediencia debida. El pensamiento crítico de Arendt, que iluminó la génesis del totalitarismo contemporáneo, había descubierto que la burocracia, detrás de un escritorio, podía generar y enmascarar a un criminal de guerra, un asesino de masas.

El libro de Stangneth fue publicado en Alemania bajo el título Eichmann antes de Jerusalén . Sostiene que Arendt no fue debidamente comprendida, en parte porque difundió una imagen y una idea equivocadas. Lejos de la burocrática y mezquina figura metida en un cubo de vidrio en el largo juicio, afirma que Eichmann fue un asesino radical y furibundo, alguien convencido de que el exterminio del enemigo judío habría de depararle un lugar glorioso en la historia.

Con todo, nunca pudo ser, por su bajo grado militar y distancia de las grandes decisiones, el arquitecto de la llamada Solución Final: sólo fue el secretario de actas de la Conferencia de Wannsse (20/1/1942), que le dio origen. La reunión, convocada por el mariscal Goring y dirigida por el teniente general Heydrich (comandante de las SS) tras las fracasadas deportaciones a Palestina y Madagascar, finalmente aprobó el exterminio de los judíos de Europa (más de once millones), lo que se cumplió en sus dos terceras partes. Eichmann tuvo a su cargo la supervisión de los campos de prisioneros y los trenes de la muerte; también la aniquilación por gas en los vagones a manos de los Einzatzgruppen, luego abandonada por los daños psicológicos causados a sus ejecutores. Fue decisión suya que los niños ingresaran directamete a las cámaras de gas, ya que no servían para el trabajo esclavo. Su presencia en Viena, Praga y Budapest sigue siendo recordada con horror.

Más que una biografía, la obra de Stangneth trata de hurgar en los pliegues de la personalidad de Eichmnn: “¿En qué medida la apariencia era una imagen diseñada por él mismo y qué importancia tuvieron sus juegos de roles para su carrera criminal y para nuestra imagen de la historia?”, se pregunta. Tras la caída de Berlín, Eichmann huyó al norte de Alemania y tuvo muchos “alias”; se hizo criador de gallinas y les vendía huevos a los judíos. Fue de los últimos alemanes que llegaron al país entre 1945 y 1950 (unos 50 mil) por la llamada “ruta de las ratas”, miles de ellos seguramente nazis. Trabajó en el dique El Cadillal, en pequeños talleres del suburbio bonaerense, en calefones Orbis, crió conejos con el ex SS Franz Pfeiffer, vendió jugos cítricos en el Tigre, fue operario de Mercedes Benz y levantó una precaria vivienda en Bancalari, en cuyas cercanías, según la “historia oficial”, fue raptado en la noche del 11 de mayo de 1960 por un comando del Mossad. Stangneth concluye que Eichmann construyó una versión de sí mismo para cada etapa de su vida.

Un banquillo en Jerusalén

La aparición de nuevos archivos permitió a Stangneth reconstruir, por primera vez, los Argentinien-Papiere (apuntes de la Argentina), esto es, escritos del propio Eichmann en el exilio. Lo mismo ocurrió con las actas y grabaciones de los diálogos, hasta ahora fragmentarios, llamados Entrevistas Sassen: allí están, en más de 1.300 páginas, la vida y el pensamiento de Eichmann antes de su detención. Willem Sassen fue un propagandista voluntario holandés de las SS-Waffen (su ala combatiente) que integró el grupo áulico de jerarcas nazis en la Argentina. Junto a Sassen estaban Eichmann, Joseph Mengele, Klaus Barbie, Walter Rauff, Franz Stangl, Alfons Sassen, Hans Rudel, Joseph Schwammberger, Ludolf von Alvensleben, Erich Priebke… Ninguno de ellos buscaba iniciar una nueva vida en la Argentina: se organizaron para mantener la vigencia de las ideas del nacionalsocialimo, construir una red de adeptos, falsificar documentos, traer nazis desde el exterior, mantener la mística del III Reich… Fue su segunda carrera como teniente coronel de las SS: ahí surgió el “historiador” y se profundizó el experto en la “cuestión judía”. Fue el tiempo del “escritor” compulsivo, que arrojó un legado de más de mil páginas, la inédita Novela de Tucumán (un testimonio secreto para sus hijos) y el relato La huida .

Entre 1957 y 1960 Eichmann y su círculo se movían con orgullo y descaro, no ocultaban su identidad, firmaban autógrafos con sus nombres verdaderos, enviaban con su apellido sus hijos a la escuela. Entre 1955 y 1960, lo que más deseaban muchos nazis en la Argentina era volver a Alemania. Muchos ex camaradas habían logrado altos cargos. Eichmann creía que había un “malentendido”. Hasta le escribió una ampulosa carta abierta al canciller Konrad Adenauer, que firmó como teniente coronel de las SS. Vivían en la irrealidad, potenciados por un relato endogámico: Sassen estaba convencido de que sería absuelto y que la opinión pública mundial terminaría condenando al pueblo judío y a su gobierno. Eichmann fue colgado el 31 de mayo de 1962.

Alguna vez Ben Gurion dijo que sin el Holocausto, el Estado de Israel no habría existido. Núremberg, ese intento imperfecto de justicia donde Eichmann nunca figuró, estaba ya olvidado. Fue a partir del banquillo de Jerusalén que se abrió paso al mundo la figura del crimen de lesa humanidad.