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Melancolía y rabia exasperada

  • Periodista: Daniel Gigena
  • Publicada en: La Nación,

La cuarta novela de la carioca Adriana Lisboa (1970) se asemeja a una composición musical para dos instrumentos. No sólo porque uno de los protagonistas, David, es un joven trompetista aficionado, amante del jazz y de la música popular, sino también por el modo en que la autora parece ceder a cada una de las dos voces narrativas su espacio para improvisar sobre las consecuencias de decisiones, impulsos y deseos. La otra protagonista de la novela es Alex, una estadounidense hija de una mujer vietnamita y un soldado americano de la guerra de Vietnam, Derrick, a quien ella conoció apenas por los relatos de las mujeres de su familia: su madre y su abuela. Alex es madre soltera de Bruno, un niño que aún ignora que "el primo Max", el entrenador negro de básquet al que idolatra, es en verdad su padre. Alex y David viven en Chicago. Él acaba de escuchar en boca de su médico un diagnóstico funesto: le quedan pocos meses de vida a causa de un tumor cerebral. Su trabajo, su ex novia Lisa, su departamento, la rutina diaria pierden el valor que habían tenido para él hasta ese momento: "Todas esas cosas entraban ahora en el país de los sueños: viajes, turistas, agua mineral, inodoros. Una nube de polvo las envolvía".

En sus recorridos por la ciudad luego de la sentencia transmitida por el médico, David conoce a Alex en el supermercado asiático donde ella trabaja como cajera. "Estaba cansada. Su hijo se había despertado varias veces durante la noche y, cuando ya amanecía, una pesadilla la había hecho despertar de un salto con el corazón acelerado, como si tuviera que tomar alguna providencia (¿pero qué providencia?) acerca de alguna cosa (¿pero qué cosa?)." Los problemas de Alex, comparados con la situación de David, parecen menores pero para ella son cruciales: sus estudios, el trabajo monótono y agotador, la relación de distancia y de deseo con el padre de su hijo, su vida entre dos culturas, dos lenguas, dos tradiciones. Cuando David empieza a deshacerse de sus pocos muebles en el departamento, le avisa a Alex que puede llevarse lo que quiera (Bruno elige el televisor para ver programas sobre animales). De ese modo inician una relación que avanza, de manera gradual, de la curiosidad al interés mutuo, de la perplejidad a la evidencia, y de allí al cuidado y el sostén que ella ofrece cuando David toma, en opinión de Alex, inciativas atropelladas. Una de las más incomprensibles es la que motiva el título de la novela: David le cuenta -cuando ella aún no ha asimilado el impacto de la noticia de su muerte cercana- que quiere vivir sus últimos días en Hanói.

Lisboa potencia su escritura con un sentimiento unido estrechamente a la temática de su novela. Al tratarse de una historia de amor sin futuro entre dos hijos de inmigrantes (David es hijo de un brasileño y de una mexicana), la resiliencia, esa capacidad de recuperar la forma original de los cuerpos luego de un choque o de una mutilación, inviste los episodios narrados con la melancolía suave (acaso por momentos demasiado suave) de una canción de jazz. Pero que también puede expresar, como en un tema interpretado por John Coltrane, una rabia exasperada: "Qué diablos, pensó Alex. Debía haber un límite para ciertas cosas. Una edad mínima para las enfermedades sin cura. ¿Pero dónde trazar la línea? ¿Dónde establecer ese y otros límites? Límites para lo que ocurre con los niños. Con los viejos. Con los animales. Con los disidentes. Límites".

La autora dijo en una entrevista que la música la acompaña desde pequeña y que mientras escribía Hanói había relacionado momentos de su novela (que reserva un satisfactorio final para los lectores) con una playlist a mitad de camino entre la delicadeza y el heroísmo de los seres anónimos. Así se mencionan temas de Miles Davis y Egberto Gismonti, de Django Reinhardt, John Abercrombie y Dizzy Gillespie y, en una forma original de decir adiós, "Sweet Georgia Brown" interpretada por Ella Fitzgerald.