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Fuerza delta

  • Periodista: Federico Reggiani
  • Publicada en: Página 12,

Toda isla es a la vez un refugio y un laboratorio. No es casual que Darwin haya visto la evolución de las especies en los pinzones de las Galápagos. Desde la Barataria de Sancho Panza hasta la del Dr. Moreau, hemos visto cómo una isla es el lugar en que todo puede ocurrir. El Tigre, el espectáculo teatral de Alfredo Arias que se convirtió en historieta con los dibujos de José Cuneo, nos cuenta uno de esos gozosos experimentos. 

El Tigre fue en principio otra de las exploraciones de Alfredo Arias en el mundo de las mezclas entre culturas, géneros y tradiciones: cuenta la historia de la señora Holy, “heredera de una sólida fortuna”, que se dio el gusto de comprarse una casa en el Tigre. Junto a Dark, su mucama negra con cofia y “delantalcito de organza bien planchado” y otras “chicas como nosotros, hombres” gustan de recrear clásicos del cine de Hollywood con la presencia estelar de los fantasmas de las grandes actrices muertas (o, quizás, “mujeres de las islas vecinas que se disfrazan y hacen de fantasmas”). La casa del Tigre es el escenario de las carnavalescas puestas. La obra sucede un día de tormenta –la isla, aislada– cuando esos fantasmas se hacen presentes de verdad, en un in crescendo que llega a incluir al fantasma de Lana Turner, a su hija Lanita, una invasión de yacarés, la Vampira de Plan 9 from Outer Space –el clásico bizarro de Ed Wood– y una invasión de marcianos.

Una descripción así (y la historia personal de Alfredo Arias, desde su paso por el Instituto Di Tella en los 60 a su larga trayectoria en Francia) podrían llevar a conectar esa imaginería con una mezcla entre la velocidad disparatada del teatro, las historietas y las novelas de Copi y la fascinación por Hollywood de Manuel Puig. Con exquisita cortesía, Alfredo Arias desmanteló esos lugares comunes que le proponía su entrevistador en la conversación telefónica mantenida desde París. 

“A Copi habría que sacarlo: yo lo conocí y no le interesaba para nada el cine, yo creo que no iba nunca al cine. Era un hombre que estaba en otra, como en su propio mundo, con esa cosa muy argentina pero de otro tipo, muy acriollada, medio patriarcal: un mundo más recio, digamos. Y a Puig, sinceramente, lo he leído muy poco y tampoco es de mi palo. Si quieres, yo estoy más relacionado con Kenneth Anger, de Hollywood, Babilonia o ese tipo de escritura más que con estos personajes míticos de la cultura argentina”. 

La referencia a Anger, el escritor y cineasta admirado por John Waters, con su mezcla de fetichismo y cultura trash y su demoledora visión de Hollywood, comienza a aclarar el panorama, y permite organizar mejor la personal visión de Arias.

“Más que las divas me interesa la monumentalidad aplastante del cine americano, que pasó como una aplanadora sobre la cabeza de todo el mundo. Pero tampoco estoy jugando con una casa de muñecas: es una visión más devastadora la que me interesa. Interrogo una realidad, y me parecía que el cine podía ser un refugio para una cierta categoría de gente que necesita como fantasmear. En el fondo, lo que yo quiero decir es más bien una idea como ecológica del desastre: yo admiro lo desastroso. Tengo más respeto por los artistas que hacen desastres que por los artistas que hacen cosas bien. Eso cuenta la obra: la aparición del fantasma se mezcla con todos los bodrios imaginables: de Ed Wood, de Isabel Sarli... Me gusta la noción de cosas que se destruyen, que se descomponen, que se arruinan, que se carcomen. El problema es que eso requiere que el público se ponga un poco en un rol de estúpido. A veces no gusta, porque todos quieren sentirse inteligentes y que les hablen de cosas inteligentes, y que les llenen la cabeza con cosas inteligentes, y yo por ahí llevo chatarra, cosas arruinadas, cosas que no sirven y que las pongo juntas y hago una escultura.”

El entrevistador supuso, entonces, que era adecuada una referencia al arte–pop. Una vez más, Arias tenía otras ideas.

“La cultura pop es justamente una cultura muy nítida y muy limpia. Yo lo que estoy escribiendo es más bien un tacherío: no tiene nada que ver. Al contrario: la cultura pop es muy neat, es muy clean. Es una cultura que separa un objeto del cotidiano y lo magnifica, muy nítido. Las cosas de Warhol no son latas abolladas de Campbell soup, son latas perfectas, están sublimadas. Yo trato de arruinar el modelo. Achatarlo, plegarlo, usarlo.”

Arias lamenta la tendencia a buscar modelos previos, “como en esa película de Robert Altman, que era sobre gente que hacía películas y decía ‘es la mitad de Terminator con la otra mitad de Bergman’. Yo mismo he dicho esas pavadas...”. La información previa puede ser variada, tener múltiples fuentes, pero lo principal es que el trabajo siga caminos inesperados. Y uno de esos caminos es la historieta. Curioso ejemplo de creación en paralelo, la obra de teatro se estrenó en diciembre de 2013 y la bande dessinè se fue construyendo a medida que la comedia musical tomaba forma. Uno de los muchos encantos de la historieta El Tigre es que no se trata de una adaptación servil de una obra de teatro, y en esto tuvo mucho que ver su dibujante. José Cuneo no es un ilustrador, pintor o escenógrafo (realizó, además, parte de los decorados de la puesta teatral de El Tigre), puesto casualmente a hacer historietas. Es un historietista de larga trayectoria, que se formó en Argentina en la escuela de Garaycochea y trabajó con García Ferré antes de vivir en Francia y publicar en el corazón de la historieta europea de autor. Entre sus historietas más importantes está la tira Vieille, moche et méchante y la novela gráfica Le mariage de Roberto, que sería un placer leer por estas tierras. 

Las influencias que Cuneo reconoce pueden detectarse detrás del muy personal trazo de El Tigre: en la gracia y la vivacidad de la línea, en la claridad narrativa, en la variedad de recursos gráficos que le permiten pasar de la narración muda a la comedia verbal, del realismo al delirio, de páginas clásicas a rupturas musicales. “Desde el Quinterno de los 40, el García Ferré de los 60, la BD francesa de los 70 (Astérix, Tintin, Lucky Luke). Y todo el moviento under de los 80 de la revista Métal Hurlant:  Moebius, Vuillemin, Margerin, Liberatore. Algunos de ellos publicaban sus comics en la revista L’Echo des Savanes cuando yo publiqué mí primera tira en esa revista. Cuando llegué a Francia en los 80 compartí una casa con unos amigos ‘bedéfiles’ que poseían en su biblioteca la coleccion entera de Charlie mensuel con las historietas de Copi, Reiser, Wolinsky, Cabu...”

Es notable que tanto José Cuneo como Alfredo Arias, que desarrollan exitosas carreras en Francia, conserven una imaginería tan ligada a sus infancias argentinas. Arias ha trabajado puestas y exposiciones sobre el cine argentino de la “edad de oro” y la figura de Fanny Navarro y sobre Petrona C. de Gandulfo: “esa cosa barrial, de atravesar potreros y tomar colectivos para ir a un cine grande, medio vacío: aunque mi conducta sea rebelde frente a eso, no arrodillarme y decir ‘qué divinas’ y coleccionar fotos”. Cuneo, por su parte, expone sus “cajas mágicas”, pequeños retablos iluminados que albergan dibujos y collages –el historietista y el escenógrafo, unidos–  en los que se alternan París y Buenos Aires, la torre Eiffel y un colectivo porteño. 

La iniciativa para realizar la historieta surgió del incansable Arias, que llamó a Cuneo con una propuesta imposible de rechazar: una historia con personajes argentinos (“¡y gays!”), que sucedía en el Tigre. El trabajo sobre la historieta comenzó meses antes de que la comedia musical comenzara a tomar forma, a partir de un texto original en castellano poblado de elementos y expresiones argentinos que iban a desaparecer en la versión francesa. “Con Alfredo nos reunimos para trabajar un par de veces”, recuerda Cuneo, “y con silencios él sabía de antemano lo que yo iba a hacer, me dejó total libertad para la realización. Los dibujos del decorado de la comedia musical fueron tomando forma a la par que los de la historieta. Como el manuscrito de la comedia musical se iba transformando a medida que se avanzaba con la puesta en escena mi historieta iba asimilando nuevos elementos y personajes que surgieron de la comedia musical. Las canciones también llegaron a la historieta desde la comedia musical. Para mí fue una experiencia muy enriquecedora mostrar mediante la historieta los puentes que existen entre los diferentes géneros: el cine, el teatro y la comedia musical.” 

Alfredo Arias disfrutó tanto como su dibujante el paso a la historieta. “Prefiero su historieta a mi espectáculo. Pienso que él tenía una movilidad al interior de las elipsis y de las perspectivas de la historia más libre que yo, que estaba apretujado y encuadrado siempre en ese maldito escenario.”

La divertidísima isla de El Tigre es entonces laboratorio y refugio. Lugar para la experiencia, pero también espacio de seguridad para los perseguidos. Su modelo fue el libro Casa Susanna, con el que Arias se cruzó por casualidad. Un libro editado en 2005 en Estados Unidos que recopila fotos, encontradas en un mercado de pulgas, de una comunidad de cross-dressers en la Nueva Jersey de principios de los 60. “Señores vestidos de señora que van como a una casa de reposo a pasar el fin de semana”: fotos de una cotidianeidad absoluta, en que las damas juegan al Scrabble o toman el té. El Tigre surgiría de las preguntas que se hizo Alfredo Arias: “¿De qué hablan?”·De películas, sin dudas. “¿Dónde dónde podría haber ese tipo de refugios?”. En el Tigre, sin dudas. 

“En un momento dado”, recuerda Arias, “el Tigre era un refugio para la comunidad homosexual. Se habían creado ciertos lugares donde se reunía la gente, iban a pasar fines de semana. Era otra época, donde también la gente quizás necesitaba refugiarse de tantas cosas, y entonces pensé que era el lugar propicio”. Como puede leerse en El Tigre, el desastre que reivindica Arias no excluye la ternura.