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La violencia, partera de la historia y la memoria

  • Periodista: Pablo Chacón
  • Publicada en: Télam,

Aplastada ahora gracias a los juicios de lesa humanidad que se materializan en los diversos juzgados del país. "El arte de la memoria, que se atribuye a Simónides de Ceos aproximadamente 5 siglos a. C., se origina en la posibilidad de reconstruir un hecho sangriento de violencia social.

Y si atendemos al tratamiento que las tragedias griegas le hacen sufrir a su tradición mitológica, vemos que se trata de crímenes políticos", dice el especialista en diálogo con Télam.

Y agrega que "el crimen es un momento fundante de una sociedad y quizás su historia traduce el modo en que se las arregla con ello. En la Biblia (Éxodo), el nacimiento de la conciencia nacional del pueblo de Israel está ligado a un triunfo bélico contra Amalec. ¿Qué dice Dios? Dios manda recordar".

"El himno nacional argentino, escrito en 1812, invoca a Marte, el dios de la guerra. Aunque la referencia es a España, sabemos que la construcción de la Argentina como nación implicó la conquista de las comunidades de pueblos originarios".

Entonces, dos cosas, "que el comienzo de una nación, su individuación histórica, muchas veces glorificada, se encuentra siempre anudada la guerra o la violencia y la memoria. Ese es uno de los sentidos que tiene el título del libro: `Violencias` significa que la memoria es memoria de una violencia".

El volumen, publicado por la casa Edhasa, está prologado por el sociólogo Eduardo Gruner y dividido en cuatro zonas de intervención. El título de uno de los ensayos acaso da el tono a un conjunto de textos que sin voluntad explícita de separarse (del formato periodístico, por ejemplo) igualmente la provoca por sustracción: "Yo, Argentino".

Jinkis nació en 1943, y desde 1966 se dedica a la práctica del psicoanálisis. Participó en la creación de las revistas Cuadernos Sigmund Freud; Cuadernos de psicoanálisis; Sitio; Diatribas y Conjetural (que acaba de llegar a su número 55) y de la cual es, junto a Luis Gusmán, su director.

Publicó los libros "Lo que el psicoanálisis nos enseña" (1983); "La acción analítica" (1993) e "Indagaciones" (2010).

El ensayista sostiene que "la barbarie siempre implica una negación del pasado. Durante el siglo XX tuvieron lugar matanzas y genocidios y hubo un gran esmero en crear las formas más brutales de hacer desaparecer los documentos y testimonios, según modos planificados de ocultar y destruir los cuerpos de los asesinados".

Esto se acompañó de diversas formas de renegación que son violencias ejercidas sobre la memoria. "En los juicios que se realizan en nuestro país contra los actores de la última dictadura, cientos de personas se presentan a decir, a contar".

"Cuando se ha querido borrar las huellas de los crímenes, el relato de los testigos, además de facilitar la reconstrucción de los sucesos, constituye una oportunidad de apropiarnos incluso de lo que abominamos y de lo que no querríamos saber nada. Esta reintegración del pasado es obra de la memoria y en ese sentido, los testigos trabajan para la historia", completa Jinkis.

Y algo más. "En nuestras culturas hay dos mitos enlazados, el de la inocencia de la infancia, basado en la ilusión de que los niños no tienen pasado. Esto no es así. Los recién nacidos aprenden a hablar en su lengua materna, son acunados con canciones que sus padres escucharon de los suyos, hay una tradición trasmitida y las palabras, antes de tener un valor designativo, son conmemorativas.

Transmiten un pasado que el niño ignora y que tampoco comprende".

Pero "los recuerdos que uno tiene de su infancia se entremezclan con los relatos que escucha. Y la memoria de cada uno está hecha de la memoria de los otros. En este sentido, la memoria es colectiva. Quiero decir que el futuro no está determinado por el pasado, sino por la relación que se mantiene con el pasado. Y esto vale en el plano individual como en la historia de un pueblo".

¿Es posible que el ejercicio de la memoria se transforme en un expediente bienpensante? Al respecto, el psicoanalista aclara que no pretende referirse "a los movimientos que en nombre de la memoria reclaman justicia. Debemos hacernos cargo de nuestras deudas, no para rescatar el pasado, tarea del historiador, sino para que la verdad, la que se puede saber, no sea ajena a nuestra identidad".

Porque "los acontecimientos penosos del pasado, si son negados, se constituyen como agujeros de nuestra historia y retornan de maneras inadvertidas e indeseables. Por eso mismo, el pasado que se rechaza sigue vivo y en un sentido es inolvidable. No se puede olvidar por decreto".

Así las cosas, "la arqueología ofrece una ilustración de eso: las ruinas se preservan mientras están enterradas. Desenterradas, es cierto que comienzan a sufrir la usura del tiempo, pero ¡han sido descubiertas! La memoria, como reintegración del sentido de nuestro pasado, permite un cierto olvido. Deja de ser lo que hipoteca nuestras vidas; eso no garantiza el futuro, pero lo hace posible", apunta el ensayista.

Por lo demás, el analista no ignora que "uno se dirige al pasado desde los intereses del presente. Pero el pasado no es un lastre, la repetición no recrea viejos enfrentamientos: introduce algo nuevo que muchas veces irrumpe como fractura y hace de la memoria un campo de lucha política".

Sobre la celebración contemporánea de la juventud en el mundo público, tratándose de aquellos que no vivieron los primeros tiempos de la dictadura, "también yo celebro que encuentren formas de organización política. Con distintas orientaciones ideológicas, son el soporte de transmisión de una memoria de la que no tienen recuerdos".

Finalmente, Jinkis dice "los genocidios, las matanzas, obedecieron a una racionalidad política que es preciso analizar en sus particularidades históricas. La invocación de derechos humanos universales no tiene por qué ahorrarse el análisis de lo particular; al contrario, lo vuelve indispensable".