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El camino que nos iluminó Mariquita

  • Periodista: Graciela Batticuore
  • Publicada en: Clarín,

La casa es la vida”, escribía Mariquita Sánchez hacia 1840, en una de las innumerables cartas que le enviaba a diario desde Montevideo a su hija Florencia o a alguno de sus célebres amigos enfrentados por entonces – lo mismo que ella-, al gobierno de Juan Manuel de Rosas. J. B. Alberdi, E. Echeverría, J. M. Gutiérrez o D. F. Sarmiento, y unas décadas antes B. Monteagudo, J. J. Castelli o B. Rivadavia son algunos de los corresponsales de esta mujer que estuvo lejos de pensar la casa como un reducto exclusivo de la “domesticidad” familiar (pese a que fue madre de ocho hijos y estuvo casada dos veces: primero con M. Thompson y después con J. B. Mendeville).

Revisando su biografía a la luz de los escritos que dejó, y que fueron publicados casi un siglo después de su muerte (cartas, poesías, un diario político y una memoria de la época virreinal), quizá sorprenda comprobar que aquella casa solariega de la calle Florida en la que Mariquita nació, murió y cruzó la frontera de un siglo a otro – la misma casa donde “se cantó por primera vez el himno nacional argentino”, según recuerdan tantas anécdotas-, fue el lugar en el mundo desde el cual esta dama porteña se atrevió a desafiar una serie de mandatos que su época le imponía .

Y que puede decirse que son “derechos” ganados por las mujeres en la vida contemporánea : cosas tan naturales hoy día como la libre elección matrimonial, el derecho a casarse por amor, el derecho a recibir la misma educación que un hombre, el derecho a tener una opinión, una “influencia” e incluso una intervención concreta en el plano de la vida pública y política, el derecho a escribir y tener un público capaz de admirarla por sus dotes de buena “conversadora” y de buena “escritora”. Mariquita encaró casi todas estas facetas desde su posición de anfitriona de las más célebres tertulias, dominando mejor que ninguna otra señora de su tiempo el arte de la sociabilidad, “la cultura del trato”. Lo hizo mirándose en el espejo de la Francia ilustrada de los siglos XVII y XVIII, donde habían hecho lo suyo otras grandes damas como Rambouillete, Sevigné o Staël; l as mismas que según grandes filósofos supieron alimentar el clima intelectual que desembocó finalmente en la caída de la monarquía y el advenimiento de la Revolución Francesa.

Resulta por lo menos atractivo, si no fascinante, descubrir que existen en el pasado argentino algunos referentes “excepcionales” que supieron ir abriendo el camino en una época todavía bastante alejada de las reivindicaciones feministas o las prácticas concretas del “cupo femenino” en el plano político. Comprobar que en ese mismo pasado hubo mujeres que supieron estar a la vanguardia de su época, que eligieron ser “modernas”, encarar la senda de las “precursoras” y dejar un legado a las que vendrían después.

Mariquita Sánchez fue sin dudas una de ellas . Y por eso mismo su vida privada y sus intervenciones públicas, su obra y sus escritos merecen ser conocidos y son una fascinante ocasión para reflexionar sobre el presente y la cultura argentina.

*Autora de “Mariquita Sánchez. Bajo el signo de la revolución” (Edhasa, colección Biografías Argentinas, dirigida por Juan Suriano y Gustavo Paz).