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“Es difícil lograr acuerdos para un proyecto de país”

  • Periodista: Marina Cavaletti
  • Publicada en: El Tribuno de Salta,

En una extensa charla con El Tribuno, el historiador se refirió a la figura del integrante de la primera Junta, pero además se involucra en cuestiones que tienen que ver con la historia reciente de nuestro país y sus perspectivas hacia el futuro, teniendo como base su aguda visión de la historia de nuestro país y de Hispanoamérica.

Has trabajado sobre la biografía de Juan José Castelli, un hombre de elite que devino en revolucionario. ¿Qué podés comentar acerca de esta transformación, de la personalidad de este personaje, más allá del personaje?

Lo primero que debe decirse en relación con el proceso de transformación de Castelli es que no fue un cambio que solo se operó en él. En ese sentido es representativo de un sector de la elite criolla que en pocos años pasó de confiar en la capacidad de España para modernizar y hacer progresar a sus lejanos dominios, a descubrir que no estaba en condiciones de poder hacerlo y, peor aún, que la propia monarquía entraba en una acelerada crisis en 1808 (crisis que en Buenos Aires se anticipó con las Invasiones Inglesas, que pusieron en evidencia la incapacidad de las autoridades coloniales para asegurar ese dominio). La biografía está pensada alrededor de esta tensión entre la vida de Castelli y este vasto proceso que tuvo muy diversas expresiones. En su caso, podemos ver por ejemplo cómo todos sus conocimientos como abogado -que durante años le sirvieron para hacerse de un nombre y una fortuna personal- los terminó utilizando para fundamentar por qué, al no haber más autoridades legítimas en España, la soberanía retrovertía al pueblo. Lo interesante, que tampoco puede considerarse un rasgo particular de Castelli, es que -una vez asumido el gobierno- la crisis se transformó en una revolución y, por lo tanto, sus líderes en revolucionarios, que no solo propiciaban un cambio de gobierno, sino también en las relaciones sociales. En esto por supuesto había diferencias, y Castelli se distinguió por ser uno de los líderes más radicales al proponer, por ejemplo, la abolición del tributo indígena.

Te desempeñás como investigador en la universidad y el Conicet. La historia es, para algunos, un proceso relacionado con el pasado ¿cómo lo vinculás con el presente?

Hay muchas formas de plantear el vínculo pasado/presente. Las más obvias son dos: la que considera que hay que conocer el pasado para entender el presente y la que considera que si uno conoce el pasado tiene menos posibilidades de cometer los mismos errores. Esta última para mí no es relevante, y ni siquiera correcta, ya que el pasado no se repite. La idea de poder comprender lo que nos pasa examinando el pasado sí me parece relevante, pero a veces se fuerzan explicaciones para que encajen en interpretaciones sobre la actualidad. Por mi parte, creo que estudiar el pasado, además del interés o la curiosidad que nos puede despertar, nos brinda herramientas para comprender la vida social en sus diversas manifestaciones y, sobre todo, nos permite pensar que a pesar de que existen tendencias y fuerzas que orientan a las sociedades en determinadas direcciones, no se trata de procesos cerrados. Dicho de otro modo: entender que en el pasado sucedieron hechos, situaciones y experiencias diversas, alienta la posibilidad de imaginar que esto también puede suceder en el futuro. La historia puede pensarse a partir de ciertas tendencias, pero no deja de ser un proceso abierto a la intervención de los hombres.

¿Cómo describís tu proceso de investigación? ¿Qué te llamó la atención o qué fuentes consultaste para abordar la biografía de Castelli?

En este caso fue un ofrecimiento de la editorial Edhasa, que comenzó a publicar una colección de biografías históricas realizadas por historiadores profesionales. Acepté de inmediato, ya que me atraía la figura de Castelli y, sobre todo, el desafío de poder escribir un libro que combinara el rigor de mi profesión (que lamentablemente algunos confunden con rigidez) con una escritura que fuera de interés para un público amplio. En cuanto a las fuentes, no hay muchos documentos de Castelli, por lo que tuve que cruzar (y chequear) muchísima información proveniente de muy diversas fuentes. También aproveché la bibliografía histórica sobre el período, que en los últimos años ha tenido un gran salto en su calidad y en su cantidad. El lector se va a encontrar con una biografía que además es un resumen de lo que actualmente plantea la historiografía en relación con el orden colonial y la primera etapa de la revolución. Otra cuestión importante es que utilicé muchos materiales producidos en Bolivia y Perú. Esa es una de las innovaciones historiográficas más importantes: entender ese proceso histórico no como parte de una historia nacional, sino en una escala más amplia.

Sos docente de Historia Argentina en la UBA ¿cuáles son las fortalezas y debilidades de la Argentina en los procesos históricos de hoy?

Como todos los países, Argentina es vulnerable a los movimientos de capital, aunque es verdad que en los últimos años se dotó de políticas económicas para aventar este riesgo. La otra debilidad puede ser interna, y es la dificultad para que los distintos sectores sociales y políticos puedan pensar y acordar un proyecto de país en el mediano plazo (ni siquiera aspiro al largo plazo). La mayor fortaleza es, paradójicamente, la vitalidad que está teniendo la vida política o, en un sentido más amplio, la vida pública. Creo que esto recoge una tradición argentina muy importante: la conciencia de que todos tenemos derechos y que tenemos la posibilidad de invocarlos y defenderlos, que en el plano social se expresa en una idea igualitaria. Y, en términos exteriores, asumir que somos parte de Latinoamérica y actuar en consecuencia, creo que es una señal de fortaleza.

Te especializás en política y cultural argentina e hispanoamericana del siglo XIX. ¿La política y la cultura son dos caras de la misma moneda o pueden entenderse por separado?

No diría que son dos caras de la misma moneda, pero tampoco creo que puedan entenderse por separado. Cada una tiene una especificidad, pero también cada formación social tiene una forma distinta de articularlas. En el siglo XIX la vida cultural estuvo fuertemente condicionada por la política, ya que el problema principal que la recorría era cómo construir un orden social y político una vez producida la emancipación. Por eso los hombres de letras eran también hombres políticos, no se trata de una suerte de “superioridad” de esa dirigencia con respecto a la actualidad, sino de la existencia de otras condiciones. Nuestra sociedad se parece en muy poco a aquella, vivimos en una sociedad de masas, capitalista, en la que predominan los medios de comunicación y las nuevas tecnologías en la articulación de la vida social.

¿Cuál es tu opinión respecto de Malvinas?

En principio separaría la guerra del 82, del legítimo reclamo por la soberanía, ya que lamentablemente confunde más de lo que esclarece. La guerra fue un desastre desde donde se la mire, y lo único “valorable” es que aceleró la crisis de la dictadura y favoreció la salida democrática. Malvinas obliga a un ejercicio de imaginación política muy fuerte y creo que este debe encuadrarse en un principio muy básico más allá de las cuestiones históricas, geográficas y jurídicas: en el siglo XXI no es aceptable que ningún territorio latinoamericano sea un dominio colonial europeo. Esto quiere decir, colocar el reclamo de la soberanía en un marco más amplio de integración regional. Y, además, no dejaría de insistir en que la soberanía territorial, legítima, es consecuencia de la soberanía popular