Edhasa

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“Me gusta el policial que indaga el momento en que alguien se asoma a un abismo”

  • Periodista: Rogelio Demarchi
  • Publicada en: La voz del interior,

En pleno centro de la ciudad, a la entrada de un bar, una mujer joven le apunta a un hombre algo mayor con una pistola. Él primero la mira, y luego comienza a caminar, tranquilo, dándole la espalda. Ella dispara, pero no le dispara a él, sino que invierte la dirección del arma y se suicida. Esa es la escena que está detrás de la noticia que un periodista deberá cubrir por orden de su jefe, y es el comienzo de La tensión del umbral (Edhasa), la nueva novela de la cordobesa Eugenia Almeida, que se presenta este sábado a las 20 en el Patio Mayor del Cabildo, en el último fin de semana de la Feria del Libro.

Son muchos los policiales que tienen a un periodista en el papel del investigador. Y en cada caso, el devenir de la historia depende de los motivos que lo llevan a involucrarse hasta poner en riesgo, por lo general, su propia vida. Aquí, a Guyot no le interesa eso que llamamos verdad, tampoco pretende hacer justicia; él quiere comprender por qué una mujer decide suicidarse en esas circunstancias. Y como todo suicidio, una vez que se establece como causa de muerte, no es investigado por la Policía ni por un juez, él cree que no molestará a nadie si trata de seguir las huellas que esa mujer ha dejado sobre lo que hizo en los días previos. Obvio: no sabe que se equivoca, y mucho.

–Tus novelas anteriores no hacían prever que escribirías un policial, y sin embargo lo hiciste. ¿Cómo se fue gestando la decisión?
–Apareció con la historia. No había previsto escribir un policial pero, en algún momento, el género se impuso. Y yo me dejé llevar. Lo que más me gusta de escribir es, justamente, no tener planes, andar un poco a la deriva y dejar que las cosas decanten solas.

–¿Cuál es tu relación con el género? ¿Lo leés mucho, poquito, nada? 
–Mi relación con el género es el de una lectora ferviente. Posiblemente es el género que más me gusta. No el policial negro norteamericano, sino un policial algo descentrado. Diría la palabra “psicológico”, pero no es eso justamente. Me refiero al tipo de policial en el que uno ya sabe lo que ha pasado. Y aun así sigue leyendo, atrapado por la necesidad de entender el “cómo”. No en el sentido de una metodología del crimen, sino el “cómo” una persona ha llegado a un punto límite. 

–¿Qué autores te interesan, y por qué?
–Los policiales que me gustan son los que indagan eso: el momento en el que alguien se asoma a un abismo. Mi autor preferido es Georges Simenon. Él era un maestro en hablar de cómo pequeños cambios a veces se convierten en una avalancha que lo arrasa todo. En esa línea hay también algunas novelas de Ruth Rendell. Un juicio de piedra, por ejemplo. O Me parecía un demonio. Son libros de una potencia deslumbrante. La llave maestra, de Masako Togawa, también es una novela que me impactó mucho. Pero siempre vuelvo a Simenon, que es inagotable.

 

Escribir con los ojos

–Algo que llama la atención es que tratás de esquivar los puntos clave del policial, como la descripción meticulosa del ambiente urbano, los sucesivos pasos de una investigación, sus deducciones, las trampillas en las que suelen caer quienes la llevan adelante...
–No trabajo con una programática, así que no puedo jactarme de haber logrado algo. Salió así. Lo que escribo es lo que voy “viendo”, lo que se me va apareciendo ante los ojos. Y trato de describirlo con el mayor detalle. La investigación en sí, me parece, no es tan central como para ir desgranándola en pasos o etapas. Si bien hay un enigma que sólo se resuelve al final (o al menos yo espero que sólo se resuelva al final), lo que más me importaba era hablar de estos personajes llevados al límite.

–Hay mucha escena “visual”, como si fuese una película, pero el lector lee y no hay por lo general una voz narrativa que contextualice. Tu lector entiende y relaciona “después de” leer, no “mientras” está leyendo, lo que implica un juego narrativo que agrega cierta tensión.
–Sí, es posible que eso que decís agregue algo más de tensión. Quizás porque me gusta transitar eso como lectora fue que me salió así a la hora de escribir. Pero debo decir que mi trabajo de escritura se parece mucho a leer. Tampoco yo sé qué va a pasar, tampoco yo entiendo del todo las puertas que se abren o se cierran, y también yo descubro después (después de escribir) qué es lo que realmente se jugaba en las sombras. Por supuesto, este tipo de trabajo requiere muchísima corrección a posteriori. Pulido, digamos. Sacar todo aquello que se convierte en superfluo (una vez comprendido lo que realmente pasa).

–¿Y ese método no te pone, de nuevo, a cierta distancia del policial? Porque el género, de múltiples maneras, obliga a que el escritor sepa de antemano qué va a pasar y juegue entonces con esas ambivalencias que sólo al final aclararán su verdadero valor.
–Quizás sí, no lo sé. Quizás no. No estoy tan segura de que el género exija que el escritor sepa de antemano qué va a pasar. Lo que sí sé es que, si uno no lo sabe, después tiene que trabajar como una hormiga laboriosa, tensando los hilos que se cruzan hasta llevarlos a un punto determinado. Hubo momentos en que estaba desesperada, sin la menor idea de cómo iba a seguir esa historia. Perdida. Con la sensación de que era mejor dejarla así, como estaba, sin terminar. Y de repente, unos días después, algo se iluminaba. Una idea que llegaba justo antes de dormir, algo que soñaba, una frase oída al pasar y la cosa se encaminaba de nuevo. Supongo que sería mucho más eficiente y productivo saber bien cómo va a ser toda la historia. Pero si lo supiera, seguramente no la escribiría. ¿Qué sentido tendría pasarme años frente a una historia que ya conozco? El impulso para poder seguir escribiendo viene justamente de ese no saber.

–Hay algo que es muy de la novela negra de este tiempo, y es que en la resolución del crimen se descubre una tenebrosa trama política. Entonces, en algún sentido, uno puede decir que no escribiste una novela negra sino una novela política.
–Creo que sí. Para mí es una novela profundamente política, en el sentido en que todos nuestros actos tienen una carga política. Y lo que decimos o callamos va construyendo el mundo. Al mismo tiempo, me interesa cómo algunos gestos que siempre se han visto como algo de la órbita de lo privado (como un suicidio) pueden responder, también, al orden de lo público. Cuando digo que “todo es político” me refiero a que no estamos solos. Aun si uno decide no volver a salir nunca de su casa, aun así, sigue formando parte de una comunidad.