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La píldora llega a Buenos Aires

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  • Publicada en: Perfil,

Las píldoras anticonceptivas comenzaron a difundirse en la Argentina al poco tiempo de ser aprobadas por la FDA. Los primeros laboratorios que las comercializaron fueron Eli Lilly y Park Davis. Entre fines de 1960 y principios de 1961, la empresa alemana Schering comenzó a producirlas localmente bajo el nombre de Anovlar. Walter Klemman, un médico que trabajaba para esta firma en ese momento, recuerda que a mediados de los años sesenta el mercado era de aproximadamente 200 mil unidades por mes: Sequence del laboratorio Eli Lilly vendía entre 80 mil y 85 mil ciclos y el resto le correspondía a Schering. El prestigio de la compañía, su experiencia en Europa y la ausencia de otros competidores, dados los temores que generó al principio embarcarse en este emprendimiento, la colocaron en el primer lugar.

De todos modos, para Klemman el gran contendiente no era otro laboratorio ni otro método “moderno”, sino el coito interrumpido, práctica que de acuerdo a las encuestas que la empresa manejaba seguía siendo la más recurrente.

Emilio Schlumpp, empleado en la secciones de marketing y de investigación médica de la misma empresa desde 1959, vivió de cerca la instalación de la píldora en el mercado. Según él, la apatía y las resistencias basadas en los aspectos políticos, demográficos y religiosos de la anticoncepción se potenciaron con la escasa información que manejaban los médicos sobre temas reproductivos. De ahí que Schering, además de buscar constantemente la reducción del dosaje hormonal para así disminuir los efectos secundarios adversos, tuvo que poner en marcha diversas estrategias para mantener a su nuevo producto en un lugar de importancia. La empresa apoyó económicamente investigaciones de profesionales influyentes en el campo médico; organizó conferencias, congresos y cursos en Buenos Aires y en el interior del país, con la participación de especialistas nacionales e internacionales quienes relataban sus experiencias en la administración de anticonceptivos hormonales; apoyó la publicación de estudios sobre el tema en revistas especializadas y giró información a diarios y revistas. Una de las estrategias clave fue capacitar muy bien a sus agentes de propaganda, puesto que ellos eran quienes tendían el puente más directo entre la empresa y cada médico/a.

Otro modo de instalar el producto fue mantenerlo económicamente accesible: su precio no debía superar el valor de una entrada de cine. Para atender a la población que a pesar de su bajo costo no podía comprarlas, la empresa las distribuía de manera gratuita en los hospitales o a muy bajo precio en los centros privados que asesoraban en planificación familiar. Para Klemman, más allá de las acciones específicas de Shering, fue la transformación social y cultural de la época el factor llave. El “boca a boca” fue muy importante, como también lo fue el papel de la industria cultural que, incluso criticando el nuevo método, ofrecía una información que estaba ausente en otros espacios.

Schlumpp y Klemman recuerdan que la inyección hormonal también fue ganando adeptas. Más allá de la ventaja que implicaba desligarse de la ingesta diaria de las pastillas, esta modalidad tenía como valor su mayor discreción. Algunas mujeres preferían evitar la delatora caja de anticonceptivos, en especial, las chicas jóvenes y solteras. Para las mujeres de sectores populares, tampoco resultaba sencillo tomar la píldora: algunos varones suponían que si su mujer lo hacía era porque tenía un amante o porque ya no lo quería y por eso no deseaba los hijos que él pudiera darle. De ahí que la inyección fuera posicionándose como una alternativa valiosa, mientras que el diseño de blisters cada vez más pequeños, que podían confundirse con el estuche para guardar un peine, ayudaba a las usuarias en sus intentos de disimulo.

Las acciones de propaganda de Schering en el ámbito médico se combinaron, más adelante, con una atención directa a las mujeres. El call center que la empresa inauguró en la década de 1970 recibía muchas consultas que evidenciaban la persistencia de varios mitos. Klemman y Schlumpp recuerdan algunas anécdotas: el llamado de una señora del interior del país que, preocupada por la seguridad del método, quiso saber si su marido también debía tomar la píldora, y otra consulta de una joven que, como tenía dos novios, pensaba que estaba obligada a tomarla dos veces cada día.

Discusiones científicas, enfoques políticos. La Sociedad de Obstetricia y Ginecología de Buenos Aires (Sogiba), entidad de referencia para los profesionales de estas especialidades desde su fundación en 1908, se ocupó tempranamente de analizar los efectos de la píldora anticonceptiva en la salud de las mujeres y sus consecuencias para el futuro del país. En el discurso que inauguraba las sesiones de 1962, su presidente, Carlos Calatroni, denunciaba el potencial peligro de estas combinaciones hormonales: “No es un progreso médico; es falta de madurez científica, escaso sentido de la responsabilidad, pues significa olvidar que en materia de intervenciones endocrinas estamos en el mismo estado que en materia de vuelos extraplanetarios”. Con un planteo similar al que sostenían algunas feministas que criticaban la “feminización” de la anticoncepción, continuaba: “Si para tener un hijo se necesitan el hombre y la mujer ¿por qué para no tenerlos se actúa sólo sobre la mujer?, ¿se hallarían hombres dispuestos a aceptar que con la misma finalidad se les suprimiera la espermatogénesis algunos meses?”. En esta reunión y en los debates que le siguieron, la mayoría de los médicos de Sogiba señalaron los peligros de una extensión indiscriminada de los anticonceptivos orales por los efectos adversos que causaban en la salud de las usuarias y la falta de investigaciones sobre sus consecuencias en el largo plazo. A estos planteos que correspondían con su expertise científica, se sumaban argumentos de claro contenido político que relacionaban la anticoncepción con las políticas demográficas, el desarrollo económico y la soberanía del país. Varios sostenían que la difusión de la píldora en países pobres o superpoblados no iba a solucionar los problemas derivados de la falta de alimentación y de espacio, y la consideraban una nueva forma de colonialismo encarada por los organismos internacionales y los laboratorios farmacéuticos.

Uno de los pocos que asumió una posición diferente fue Roberto Nicholson, un joven ginecólogo que ya contaba con un importante prestigio entre sus colegas. En una de las reuniones de discusión científica de Sogiba, Nicholson presentó una investigación realizada con sus pacientes, cuyas conclusiones afirmaban la alta seguridad y eficacia de los anticonceptivos orales como medio de planificación familiar y la tolerancia de sus efectos secundarios (vómitos, nauseas, cefaleas, retención hídrica, etc.). Este trabajo generó duras réplicas entre sus colegas: algunos consideraban que tenía poca calidad científica y amenazaba su prestigio, además de poner en duda sus convicciones religiosas, puesto que la Iglesia aún no había expresado una conclusión positiva sobre la píldora y Nicholson se presentaba como católico practicante. Algunas posiciones eran realmente terminantes: según Pedro Pasi, impedir la ovulación “era negar la feminización de la mujer, porque lo más femenino que tiene la mujer es la ovulación”. En respuesta a estas objeciones, Nicholson explicó que el control de la ovulación no hacía más que reiterar ciertos momentos de esterilidad que se daban naturalmente en las mujeres, por ejemplo, en el período de postparto. También demostró que su investigación seguía rigurosamente los pasos de la labor científica, pero el argumento más contundente a sus detractores lo generó al denunciar, con mucha ironía, la hipocresía en la que incurrían los aproximadamente cincuenta colegas que llenaban la sala: no tengo conocimiento de que en la Sociedad de Ginecología haya un promedio de dieciocho hijos por cabeza, de manera que supongo que en algún momento de la vida de ustedes mismos, deben haber regulado la natalidad, de manera que lo que podemos hacer para nosotros, supongo que podremos hacerlo para los demás.

Nicholson ponía así en evidencia el doble discurso moral que rodeaba el tema: mientras los integrantes de Sogiba objetaban públicamente la planificación familiar en nombre de necesidades demográficas y soberanía política, evidentemente la practicaban. Tan sólo un año después de este debate, en el mismo salón de la Asociación Médica Argentina en el que Nicholson había sido tan criticado, se realizó una reunión de la Sociedad de Esterilidad y Fertilidad para tratar el tema de la anticoncepción hormonal. En este evento, que contó con la presencia de médicos reconocidos de distintos países, Nicholson fue uno de los relatores y Leoncio Arrighi, quien colaboraba con Schering en la promoción de las píldoras, quedó como presidente del encuentro. Nicholson aprovechó la ocasión para refrescar la memoria colectiva:

Usted recordará que hace un año justo, desde la primera fila, gente muy distinguida se opuso al método que yo les estaba proponiendo, aduciendo que no era científico y ahora resulta que es tan científico que ustedes hacen una reunión internacional para tratar este tema. Quiere decir que todavía se puede ser profeta en su tierra.

Su intervención generó una gran carcajada entre el público y seguramente algunas reflexiones.

 

*Doctora en Historia por la UBA. Investigadora del Conicet.